Mil años de vos

Hubo un fuego inextinguible que probablemente nunca haya existido. Tus huesos siempre me recordaron ese dolor de la imposibilidad, de la forma de nunca poder alcanzar una sombra lejana. La música dejó de existir hace tiempo. Los gritos de la multitud se olvidaron ya, en el pasado. El viento de esa tarde, que podría habernos enviado al infierno, nos dejó de frente y no supimos qué hacer. Como esa primavera en que nos amamos, del verbo amar, del verbo darte la vida(no, ese no es un verbo), sólo un instante porque bastaba ese segmento del tiempo para unirnos y arrancarnos, para despojarnos de lo único que queríamos (que era igual a lo que temíamos). Ya no hay una última vez, no la encuentro, no sé cuándo fue. Quizás no fue el fin. Los años carcomen todos los vestigios, me carcomen la carne. Me carcome el alma ese color tan intenso, de una comparación sin sentido que escribí un jueves, mil años después de vos. Un jueves del cual también pasaron mil años.
Una lucha nos podría haber invalidado por toda la eternidad y ya no sé de luchar. Te perdí hasta de los fragmentos más simples, de los finales más tristes, te perdí junto a la idea de no poder haberte perdido nunca. Juraba que ese algo siempre flotaba por el aire. Me podría haber desnudado esa noche, en esa fría oscuridad en la que había mucha gente pero te acurrucaste junto a mí. Como transmitiéndonos ese algo, siempre ese algo que tal vez sea mi locura o tal vez una verdad.
Siento cuando tus manos me acariciaban (mentira, no lo siento, sólo lo recuerdo), con la promesa de no herime la piel pero yo ya estaba destrozada en todas partes. Había venido de la guerra y la guerra continua. Puedo hacer de mil recuerdos mil versos mil años después de vos. Volví a escribir. Porque en algún sitio, por fin, tenía que desnudarme.
Cierro los ojos y percibo algo. Algo. Contrarrestar mis pensamientos no hace que sean menos explícitos. Había tanta tanta tanta vida que el sol brillaba mientras te esperaba y no venías, mientras me esperabas y no iba. La irregularidad de esos verbos lo dice todo. Nunca pudimos asemejar nada porque el universo ya nos había asemejado de un modo tan extraño y poco habitual que no supimos entender.
Mil años después de vos, la sombra cobra vida. Qué más puede romperse. Qué más.

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