Necrofilia

Bailé desnuda esa tarde mientras mirándome, te reías. Cuando nuestros ojos se encontraban, bajabas la vista porque te daba vergüenza. Corrección: te dábamos vergüenza los fármacos y yo. Bebías. El vodka, me dijiste, no te quemaba tanto cuando estábamos cerca porque yo siempre estaba fría. Es como si la sangre no corriera por tus venas, supusiste una vez.

Yo te dejaba el lado más grande de la cama porque sólo me bastaba con acurrucarme contra cualquier cosa que respirara. Te movías inquieto. Yo te inquietaba. Cada vez que una pastilla me devolvía la paz, inevitablemente te armaba una guerra a vos. Y me gritabas cosas que tienen que ver con aguantar y con fortalezas. Pero mientras, vos bebías de un sólo trago la bebida blanca, que te devoraba el interior. Y después me devorabas, por un rato,  a mí, olvidándote que ese acto era casi una necrofilia.

Me tocabas con la punta de los dedos la espalda y me decías que eso te hacía mal. Me gritaste también la noche en la que te propuse que te olvides de mí. Yo, por mi parte, nunca iba a olvidar tu cabello azabache cuando, seco y duro, se enredaba entre mis dedos, contrastándonos. Ni menos olvidaría esa creencia -que sólo la creías vos- de hacer lo posible para no involucrarnos pero yo recorría tu habitación, descalza y a plena luz de la luna, sin pasos sigilosos ni bocas mudas. Habías apostado en juzgarnos eternos y a la vez, distantes. Yo no entendía mucho: todo el tiempo quería huir. También quería taparme con las mil frazadas y tus manos, y pasar la vida allí.  Te enojaste cuando rompí todos los espejos de tu casa. Y te enfureciste mucho más cuando te dije que ahora nada más iba a reflejarme en el filo de un cuchillo. Los tiraste. Bebiste más. Nos corrompíamos.

Me reí el día en que cerré la puerta para ya no volver nunca. Sabía que te ibas a cansar de esta necrofilia, de estos huesos amarillos que porto mientras te escribo. Para no olvidarte. Vos no tenés que pensar en esos actos de necrofilia que cometías conmigo cuando iba por el sexto ansiolítico. Fui una muerta más sólo que yo podía respirar. Sólo respirar. Y me seguí riendo mientras me alejaba de esa casa de la cual ya ni siquiera recuerdo el frente. Dentro de tus ojos, se escondía una visión tan acotada del mundo, que tal vez hoy puedas rezar para que aparezca y baile pero que al mismo tiempo, no sea yo.

Ya no me río tanto.

Anuncios

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s