Principio y fin.

Casi como un Big Bang -o incluso más perfecto-, de repente todo se despertó. Fue una verdad tan inconsciente y fantasmal que producía dolores en las articulaciones y tenía un origen un poco tramposo. Y desconocido.

Nuestro universo se había creado tan de golpe pero, con la misma furia del principio, los retazos fueron cayendo, hasta destruirse por completo. Yo no sé cuál fue el comienzo del fin. Tal vez la cerveza caliente que está debajo de tu cama, escondida -otros han bebido de la nuestra-, quizás la certeza -tan dura y cruel como tus ojos sonriéndome aún a pesar del caos- de que nunca la lluvia iba a mojarnos por igual. Vos corrías a refugiarte y yo bailaba, con la cintura inmóvil y los pies descalzos, mientras el agua me bañaba mi cabello pero no me importaba demasiado: nunca estuve muy peinada.

Nunca fui, además, una estatua modelada que respondía a tus intereses desalmados. Tu oratoria era vacía y yo, por mi parte, escupía un diccionario entero en una milésima de segundo. En un segundo podía cambiar el universo entero. Y en un segundo, lo podías destruir con la misma facilidad.

Tampoco fui -y lo sabés, porque te alejabas de mis abrazos gélidos- el espejo en donde te podías figurar entero. Fuimos más bien una ecuación que siempre daba mal, porque la rebelión de mi mundo -las rosas se volvieron negras- nunca fue similar a la pacificidad de tu religión mal montada y ambigua -tu alegría era más bien un circo siniestro- y la forma en que compartías el café -los granos siempre eran importados- no se parecía en nada a la yerba orgánica y amarga que flotaba cuando el agua se me había hervido demasiado. Que tampoco se parecía en nada a tu amargura cuando yo me había hervido demasiado.

Sobre todo, y salvando las diferencias, nunca entendí el modo en que la nieve se volvía en tus manos un fuego. Yo había conocido un monstruo tan devoto de mí que el hecho de saber que tu ignorancia se volvía fuego siempre me pareció un problema. Eras como un detector de defectos -y la seguridad de mi mundo era tan escasa- que de pronto los vestidos fueron demasiado feos y mi voz, ah, un murmullo insoportable y la convicción de que el futuro sería mañana era aniquilada porque te mordías los labios, paciente, y me decías que había que esperar.

Yo había esperado demasiado.

Y ya nunca más extrañaste los chistes de las tres de la mañana ni la adrenalina cuando el barro nos salpicaba allí, en ese sitio inhóspito pero siempre peligroso, ni la felicidad que te provocaba el saber que estábamos vivos, aún a pesar de todo, aún a pesar de todos. Y las brasas se arremolinaban intensas porque el fuego era obsceno, mis ojos también, y se tambaleaba todo lo que había creído en el principio de nuestro universo. Los soles -que valga el plural- no podrían nunca hacer brillar tu lado más oscuro. No querías compartirme el horror. O tal vez el horror era yo.

Yo me enamoré porque la espuma de la cerveza hacía un eco gracioso sobre tus labios pero me desenamoré porque de allí también salieron las peores palabras del mundo. O tal vez   no salía ninguna, eso fue lo peor. ¿O no? Lo peor fue que no convalides mi lucha. Y que las letras, todas, fueran inentendibles… y  quetu pecho me espere como un hábito pero la rutina me vuelve -más- desquiciada. Cierro los ojos para olvidarme de la navaja arriba de la cama, del vino que desperdicié y del momento en el que, verdaderamente, podía mover tu mundo.

Y, además, porque los ojos nunca ven del todo bien, y mi miopía fue como una tela incierta que no me permitió comprender a tiempo que los dioses tampoco son tan perfectos. La única verdad, la más aterradora, fue siempre la misma. Siempre tendría sed.

 

 

 

 

 

 

 

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