Imperfección 

El problema fue que la inexactitud aumentaba con la fuerza de los horrores callados. Y, de pronto, ya los meses se medían en años y los días no existían (tus ojos no guardaron las imágenes de mi cuerpo cansado en una cama, agobiado de no poder existir). Tal vez el cielo se haya cerrado tan rápido (algunos cálculos mentales me dicen que nuestro beso más largo duró un segundo) y probablemente tus manos jamás recuerden del todo ni la textura de mi piel ni las medidas de mi cuerpo (nunca me abrazaste tanto como para saber si podías encerrar con tus brazos mi mundo). He temido tanto el desenlace que de pronto me encuentro hastiada y sin destinatario, como si tu sombra –tu rostro es sólo sombra – se desdibujase por fin, para siempre, de un golpe certero y veloz. Sé que nunca sucederá. Existe un eco, detrás de estas palabras –también las palabras son sombras– como si todo se tratara de una reminiscencia inoportuna y vital. Como tus pasos, perdiéndose en una calle de tierra que transito moribunda pero no hay señales que indiquen que todo ha sido real, que tu risa fue la música más trágica jamás oída. Se pierden las oraciones y quizás esto sea nada, escribirte sea nada, tu vivencia sea nada, como un nihilismo que inventé, encaprichada por no poder aceptar la imperfección del universo. Y es que siempre todo se trató de imperfección. De tu rostro/sombra imperfecto y desproporcionado, de tu estado de ánimo imperfecto y cambiante, de tu voz tan imperfecta y muda, de toda la imperfección que de pronto se volvió una divinidad, como si todos los cultos se fueran cayendo… como si todo se fuera cayendo. Las galaxias, el mundo, todo cayendo en pedazos; mis manos, mis pies, desmoronándose imprecisos sobre la negrura abismal… como si fuera necesario unirte a algún evento trascendental. Tan increíblemente capaz de arrebatarme el aire. Y ya nunca supe si la conexión fue real, si ahí atrás, en ese asiento lleno de polvo y olor a cigarrillo, tu piel se pegó a la mía y me dio algo que jamás tuve: vida. No supe, nunca sabré, si el sentimiento fue recíproco, si te apegaste a mí, o sólo fue casualidad. Tuve que borrarte. Y ya no saber ni el tiempo ni el lugar. Ni el norte ni la izquierda.
Tus ojos me miraron de frente y dijeron mi nombre. Y eso, te juro, me dejó en el limbo. Y no estoy hablando de amor. Estoy diciendo que trascendí la forma humana cuando supe cómo iluminar tus mejillas.

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